La pared calla, no da la solución. Él sigue y sigue mirando, sumiéndose en el blanco horizonte que se desdibuja sobre el yeso. Desde el borde de la cama atisba el vacío, prefiere no asomarse más. Se siente un gato callejero en su cornisa; sabe que sus ojos son los únicos signos de vida a esas alturas, mira con desprecio e indiferencia a la creación. Ellos desconocen sus penas, nunca han soportado el terror sobre sus hombros, no saben qué es amor, dolor o angustia. Qué sabran ellos de la tristeza, no son dignos de él. Física y espiritualmente por encima, se deja llevar de noche en noche.
Ha perdido la noción del tiempo, casi ha olvidado qué hace ahí ni por cuánto tiempo su mundo ha sido eternamente blanco. De repente, algo altera su ensoñación. Frío. Un roce polar en el dorso de su mano, un roce polar de una piel inerte con su piel. Los pies de la muchacha le han rozado. Es normal que a estas alturas de la historia, él, hombre insensible pero no hombre calmado, se altere. No obstante, mantiene su rostro fijo en la misma postura, su mirada clavada en la pared; la diferencia la evidencia la rigidez de su gesto, la tensión en los brazos, el sudor frío que comienza a brotar, o, como también es normal, el que haya abierto sus ojos hasta el límite que le permiten sus párpados. No sabía qué aire respiraba, no era consciente de su propia respiración, y, de repente, sin previo aviso, aquel frío. Claro, aquel frío, por supuesto que lo recuerda. Es normal que se altere aquel hombre insensible pero no hombre calmado; nunca una muerta le había rozado.
Aquel frío penetró hasta sus pulmones. El hormigueo que recorrió su cuerpo a partir de entonces le recordó inevitablemente a la soledad, ese frío que provocan las palabras en la laringe. La angustia. La necesidad de compartir y no poder; el ardor del sentimiento que queda en el interior, que te quema por dentro y que, por la diferencia de temperatura con el exterior, hiela tus extremidades. Simplemente era una sensación incómoda, él no sentía. Pero esa chica estaba muerta, inexplicable y definitivamente muerta. Muerta gracias a él, pensaba. Sí, él la mató. Porque la peor de las miserias en compañía da más vida y más aliento que la mayor dicha en soledad. Y él la mató de soledad; y él comenzó a morirse de angustia, porque el cadáver que yacía sobre su cama era su compañía y su miseria.
Volvió a sumirse en el fondo blanco de aquella película, inmóvil, y cada vez que recordaba dónde y por qué se encontraba, que aquello no era una cornisa sino una cama, le parecía que despertaba de un sueño. Quizás tenía razón.