Reflejo de cloaca Miércoles, Feb 3 2010 

¿Por qué, rata miserable,
contemplas aquel rincón
que aguarda la irresoluble
desgracia de tu condición?

Pues ni se pierde en la oscura
esencia del viento confuso
que porta el aroma que augura
el desengaño del iluso,

ni se esconde bajo el llanto
que rompe y resquebraja
cada hilada del manto
que culmina tu coraza.

Sempiterna en el espejo.

Queda atrás el pasado,
¿y qué pretendes, rata tonta,
si la redención es un pecado
cuando el miedo no se afronta?

Asume, si te llamas hombre,
aunque carroñero y roedor,
que la vida es un hambre
que sólo sacia el amor;

y que ya en un tiempo helado
perdiste miles de besos,
y la desidia ha terminado
por dejarte sólo en los huesos.

¿Por qué, rata tonta?
¿Por qué miras aquel rincón?

Conociéndote Viernes, Ene 22 2010 

Conociéndote, sé que mientras escribo esto la relación entre el alcohol que recorre tus venas y el dinero que has pagado por él es desproporcionada, y sé que no eres de caldos selectos; y sé, y esto lo sabemos todos, que si en las dos o tres próximas horas descubres esta entrada tendrás que esperar hasta el día siguiente para leerla, porque verás las letras borrosas y bailando. Aunque, conociéndote, creo que esto no ocurrirá.

Y conociéndote, he visto en ti a una chica sencilla en en sus sentimientos, sincera y honesta, amiga de sus amigos. Aunque puedas llegar a ser una borde de mierda que me saca de mis casillas, sé que no hay maldad alguna en ti. Por esto deduzco que no crees que yo esté en deuda contigo por aquel regalo, que casi ni te acordarás, que fue un acto desinteresado y puro de aprecio, nada más, y que no esperas nada a cambio, por tanto. O que si lo esperas y la compensación no llega, no te importará, porque pensarás de mí lo mejor, que no sabía qué ofrecerte, que ya te he demostrado mi cariño. Pero qué bonique eres, madre mía. Así que, conociéndote, si el regalo no llega de forma evidente a tus manos, tampoco te esforzarás en buscarlo, y no llegarás a ver esta entrada en tiempo; a no ser que por curiosidad mires en el blog, a ver si te he hecho una entradilla, algo que entenderás como lógico y previsible en mí, lo que convertiría este detalle en una mierda. Espero que no sea el caso. Si es así, lo siento, la intención es lo que cuenta, recuerda.

Pero vamos, esperemos que no. Siguiendo con mi lógica aplastante, conociéndote, y aparte de ese supuesto de curiosidad ya mencionado, no te meterás en mucho tiempo a este blog que “compartimos” porque te la suda, porque no lo usas y porque no te interesa lo más mínimo las mierdas que escribo (no por mí, sino por que este rollo no te va). Definitivamente, lo más probable es que no veas esta entrada el mismo día, ni siquiera la misma semana en que fue escrita.

Por otro lado, conociéndote, sé que usar la lógica te podría llevar a que, si tú me hiciste un regalo, pensar en yo te lo devuelva de algún modo, más allá de sentimentalismos, de desearlo o no. Sólo porque las cosas funcionan así (aparte de porque te aprecio, obviamente). Entonces sí que habrás mirado el blog, y sí que habré sido previsible y soso. Qué le vamos a hacer, si es el caso. Sólo quiero matizar que esta entrada es simple agradecimiento, además de a tu DVD de películas de Kevin Smith, a ti, claro. Nada de cortesía, nada de nada; soy un puto maleducado pero en este texto sólo hay amor. A ti te dará igual, pensarás que es una nimiedad, porque lo ves como un simple DVD de pelis que te gustan, como un gesto más, natural, desinteresado. Pero en mí abriste una brecha, una brecha que va más allá de lo material de tu regalo –de hecho, aún no he visto ninguna de las pelis porque perdí el DVD, patético–; una brecha por su significado. En esa brecha que hiciste en mí te has colado tú. Ya existía, claro, desde que te conozco; pero ahora sangra más, es más grande. Me siento imbécil. Que por un puto regalo en mi cumpleaños, algo que veo estúpido e innecesario, me haya abierto mucho más a ti tiene delito. Pero me demostraste –y conociéndote, creo que es así– una amistad, me confirmaste esa dulzura que tratas de maquillar con borderías ocasionales, con esa actitud de modernilla, de pasota guay por la vida. Pero a mí ya no me engañas.

No sé, me pareció un gesto tan bonito y emotivo… –joder, qué cursi soy, que alguien me trasplante un par de huevos–. Igual es una simple paja mental mía, pero desde entonces siento que mi relación contigo tiene algo más, un nosequé de especial, de entendimiento, de complicidad. Y me alegro muchísimo. Así que eso, esto es sólo amor y agradecimiento, necesitaba demostrarte de alguna manera que sí, que es recíproco, que cuentes conmigo, hostias. Que no me has avisado para salir y aun encima estoy aquí escribiéndote esta mierda.

Bueno, en otras palabras, que me enrollo… Felicidades. Los cumpleaños a mí me importan una mierda, pero la verdad es que son una excusa perfecta para sincerarse, y mostrar el afecto que durante el resto del año nos guardamos. Yo lo necesitaba hacer de una manera significativa contigo, y creo que ya vas servida hasta el año que viene. Quizás no por el regalo pero sí por su significado, desde luego. Me arrepentiré de abrirme tanto y escribir esto cuando lo vuelva a leer, así que disfruta y tenlo en cuenta. Sé que podría haber escogido otro medio más discreto, o menos personal. Por el lado de lo personal, no sé, tú me entregaste simbólicamente una de las cosas que más aprecias: el cine, las películas de tu director favorito. Yo, pues sé de todo un poco y de nada mucho, pero escribir, escribo que da gusto. Bien o mal, eso ya es otro asunto. Por el lado de la discreción, que sea “público”, que este texto se encuentre a la vista de quien lo quiera leer o de quien caiga por accidente en este blog forma parte de mi entrega, de mi regalo –aunque, conociéndote, sé que cuando hayas leído esto de “mi entrega, mi regalo” habrás pensado que todavía no me han trasplantado el par de huevos; ya llegará, tranquila.

Conociéndote, sé que llegados a este punto habrás sonreído alguna vez y que te sentirás agradecida, pero dudo que te hayas emocionado demasiado, o al menos no me lo demostrarás más allá de un abracico. También te preguntarás que qué tornillo me falta para escribir este tocho plagado de estupideces, sobre todo si lo lees pasados varios días o semanas. Y conociéndote me he dado cuenta de que eres una chica con una de las personalidades más elogiables y peculiares que conozco, diferente, y que no cambia sino a mejor. Sé que te ha gustado mi regalo, lo sé, lo puedo ver en tus ojicos de huevo.

Y conociéndote. Porque es lo mejor de todo, que aún estoy conociéndote, que la cosa acaba de empezar. Que siga así mucho tiempo: que te siga conociendo, que nunca me dejes de sorprender, que sigamos viviendo y compartiendo juntos. Que siempre conjuguemos ese verbo en gerundio, que el conocernos nunca acabe, no importa el tiempo que pase. Porque mira que sólo son veinte años, la de chorradas como esta que te quedan por aguantarme, Ana. Ya me conoces.

Felicidades de nuevo. Un enorme abrazo.

La chica gris Viernes, Ene 22 2010 

– Intento contenerme –dijo, posando su mirada en la de ella. La apartó acto seguido, casi avergonzado, y la dirigió hacia el entramado laberíntico de las baldosas del suelo. Cabizbajo y visiblemente afectado, su reacción sincera recordaba a la de un mal actor. Alzó la vista de nuevo:

– Intento contenerme, lo juro –susurró, con ojos lagrimosos.

Dejó correr el aire y el tiempo unos segundos, hasta que volvió a hacerse dueño de aquel cuarto que, por otro lado, nadie habría nunca reclamado como suyo. Emitió un sonoro suspiro que recompuso su apariencia, su rostro y su espíritu.

– Mírame. ¡Mírame! –gritó. Ella giró su rostro con desdén– Bien. Yo no mato por gusto. Lo odio. No mato por gusto, mato porque necesito matar. Sesgar tu alma, romper tus entrañas y convertir este cuerpo tuyo en un cuerpo de nadie, inerte, petrificado en el tiempo. Necesito tu vida, su parte abstracta y más pura, inalterable. Necesito tu alma, la esencia de lo que tú eres; la necesito para mí, sólo para mí, invariable e inmaculada en mi memoria. Necesito este amor, necesito tu amor, lo quiero ahora y lo quiero para siempre. Necesito convertirte en eterna, por eso te mato.

La habitación semejaba un sueño, se regía por leyes de otro mundo. La perspectiva engañaba a los ojos, las paredes parecían lejanas y de un blanco inmaculado e hipnótico; el suelo se extendía a lo largo de varias vidas, era eterno, inabarcable, y las paredes que lo delimitaban no eran fronteras sino horizontes, se podían ver pero nunca alcanzar. El techo caía, se cernía sobre la cabeza como una luz o como una nube, más que como un techo. Blanco, luminoso, incandescente, frío, como el vacío. Esa habitación era el vacío, no había nada más que la propia nada, materializada tan paradójica y obviamente que la habitación se doblaba y retorcía en torno a un eje imaginario que la atravesaba por debajo, tomando un aspecto convexo. La nada tenía vida propia y se quería fugar de aquel paraje. Se dolía, la nada se dolía de sí misma.

La habitación, sin embargo, seguía inalterada, horizontal y perfectamente delimitada. En el medio, la cama, donde la chica aguardaba tendida el desenlace. Él, de pie, estaba sumido en algún tipo de éxtasis o viaje interior, trasfiguraba la realidad. Se creía una especie de enviado, de elegido con una misión imprescindible en aquel mundo desgarrado. Resultaba patético, y resultaba triste verlo sincerarse con la chica. Se dio cuenta de que ella permanecía impasible. No distraída, no aburrida ni ausente. Seria, digna. Era una chica gris en medio de aquella habitación blanca. No era un gris anodino, indiferente. Aquel gris tenía tintes de dolor, de tristeza, de decepción; aquel gris había sentido la punzada de la daga negra del desamor. No obstante, lo escondía; no con odio, sino con la desgana, con la inexpresividad de la sinrazón, de la ausencia de amor, de esperanza y de vida. Aquella chica gris nunca deseó dejar de vestirse de blanco, de amor, de vida. Pero la vida te viste de colores que no puedes elegir.

Él regresó de su ensoñación. Ella seguía allí, al igual que aquella irritante habitación helada que comenzaba a odiar: indiferente a su monólogo, a su vida, a sus motivaciones. Ambas. Ella permanecía con la fuerza osada de quien no tiene nada que perder, pues hace tiempo que todo lo que le daba sentido a su vida se perdió; no en la forma, sino en la esencia. En el sentido. Literalmente, ya nada tenía sentido en su vida. Respirar o rugir, luchar o dejarse a la deriva qué le importaba, en el fondo. ¿De qué servía mover un solo músculo en ausencia de una motivación que lo hiciera útil? ¿Para qué sigues latiendo, corazón? Nunca lo entendió.

El fin se acercaba y ambos lo sabían, lo que resultaba turbador para él. No por la idea de asesinar; por el hecho de no percibir el miedo en los ojos de ella. Lo intentó por última vez:

– Qué más quisiera yo, con toda la humilde honestidad te lo digo, dejarte libre, marcharnos y seguir viviendo, juntos, felices, amarnos toda la vida. Qué más quisiera yo –suspiró falsamente. No había causado efecto alguno en el grisáceo rostro de la chica, así que prosiguió– ¡Pero no! –cortó en seco– No puedo. Te he de matar, no hay más remedio. Tu fin es ahora, tu fin es aquí. Tu fin soy yo.

Nada. Absolutamente nada. Exactamente la nada que había imaginado dolida y retorciéndose segundos atrás. Ni un solo sonido, ni un solo movimiento, ni un solo cambio. Esto le irritó, y le propinó una bofetada con el dorso de la mano.

– Amor, ¡reacciona!, –dijo con cariño– ¿es que no tienes miedo?

Por fin. Ella se rio entusiasta y pareció completamente feliz durante un instante, a pesar del poso de amargura de su respiración en el aire. Le respondió:

– ¿Miedo? ¿A qué podría ya temer? No tengo qué perder. Esto es lo que tengo. Nada. Nada es lo que te queda cuando tu motivo para vivir se torna el motivo de tu muerte. Mátame ya.

Minutos después, un reguero de sangre de intenso color rojo, casi negro, mancillaba la habitación inmaculada. Ella había muerto, pero ella había ganado. Lo llaman morir matando.

Poema empáticamente desastroso (en construcción) Lunes, Dic 28 2009 

Habido el tiempo consumido
con suma gracia y primavera,
cerró los ojos el sentido
de camino hacia tu acera.

Bebió de aquel lagrimante
lago en el fondo de las costillas.
Murió ahogado, murió de sed,
murió constante
e irremediablemente de rodillas.

Yace hoy cada palabra,
reposa en cada línea desalmada,
pues ya no hay esperanza que abra
la tormenta. Vida calmada,
locura y aspavientos,
no hay agua, luz ni un mal abrazo;
amarga condena para el sediento.

Se aleja de mí, y se aleja porque fue mía;
fue cerca y en el pecho, y en la espalda y en las costillas.
La amé, la amé y la amaba cuando llovía,
la amé incluso cuando sus lágrimas eran cuchillas.

¿Murió? Tal vez pudiera.
Y ser cierto que su corazón
quedó de piedra, y en la ribera
dejó el cadáver y  el rubor,
los guardó hasta que volviera.

¿Pero volvió? Volver, volver,
su vida entera dejó un rastro salado;
su cuerpo, de tanto llover.
De tanta lágrima.
Pero la ha tormenta ya ha amainado.

¿Mas quién soy yo para cuestionar,
recordarle o gritarle de amargura
que cuando el corazón comienza a razonar
es cuando empieza la locura?

La amé, y es bien cierto.
La amé y la amo, hasta estar muerto,
y ya he volado.

Porque el amor,
y aunque me arrase,
sólo es eterno mientras dura.

Lo que tú eres y lo que me has hecho hacer Sábado, Dic 19 2009 

Somos nube y polvo y tierra y tiza. Somos aire, aire del desánimo, amor de la tormenta, un crepitar del fuego en dolida combustión. No somos nadie, un pequeño espacio reservado para el presente, un cuerpo, carne y hueso, mente y alma y espíritu deshechos del pasado. Y si la vida decide cambiar de rumbo y rodear nuestras fronteras, ya no somos nada. Somos, entonces, lo que los demás son por nosotros: una lágrima a destiempo; una sonrisa de tiralíneas, compás y cartabón que oculta el mundo que hunde nuestros hombros con su peso; un querer frustrado, el impulso detenido antes de llegar siquiera a ademán, el grito ahogado desesperado. Un recuerdo feliz y melancólico.

Somos lo que los demás han hecho de nosotros, el humo que exhalaste entre tus labios ya es parte de mí, y aquella mirada de reojo; un consejo malintencionado, amistades y falsos amigos, amores y desamores y la vida y la muerte. Tus ojos son, de hecho, míos, y anhelan consuelo, miran al pasado y claman venganza. Como todos los ojos. Y no te culpo. Somos lo que seremos y lo que hemos sido, nube y polvo y tierra y tiza, y una eterna sonrisa melancólica.

Negro Martes, Nov 17 2009 

La pared calla, no da la solución. Él sigue y sigue mirando, sumiéndose en el blanco horizonte que se desdibuja sobre el yeso. Desde el borde de la cama atisba el vacío, prefiere no asomarse más. Se siente un gato callejero en su cornisa; sabe que sus ojos son los únicos signos de vida a esas alturas, mira con desprecio e indiferencia a la creación. Ellos desconocen sus penas, nunca han soportado el terror sobre sus hombros, no saben qué es amor, dolor o angustia. Qué sabran ellos de la tristeza, no son dignos de él. Física y espiritualmente por encima, se deja llevar de noche en noche.

Ha perdido la noción del tiempo, casi ha olvidado qué hace ahí ni por cuánto tiempo su mundo ha sido eternamente blanco. De repente, algo altera su ensoñación. Frío. Un roce polar en el dorso de su mano, un roce polar de una piel inerte con su piel. Los pies de la muchacha le han rozado. Es normal que a estas alturas de la historia, él, hombre insensible pero no hombre calmado, se altere. No obstante, mantiene su rostro fijo en la misma postura, su mirada clavada en la pared; la diferencia la evidencia la rigidez de su gesto, la tensión en los brazos, el sudor frío que comienza a brotar, o, como también es normal, el que haya abierto sus ojos hasta el límite que le permiten sus párpados. No sabía qué aire respiraba, no era consciente de su propia respiración, y, de repente, sin previo aviso, aquel frío. Claro, aquel frío, por supuesto que lo recuerda. Es normal que se altere aquel hombre insensible pero no hombre calmado; nunca una muerta le había rozado.

Aquel frío penetró hasta sus pulmones. El hormigueo que recorrió su cuerpo a partir de entonces le recordó inevitablemente a la soledad, ese frío que provocan las palabras en la laringe. La angustia. La necesidad de compartir y no poder; el ardor del sentimiento que queda en el interior, que te quema por dentro y que, por la diferencia de temperatura con el exterior, hiela tus extremidades. Simplemente era una sensación incómoda, él no sentía. Pero esa chica estaba muerta, inexplicable y definitivamente muerta. Muerta gracias a él, pensaba. Sí, él la mató. Porque la peor de las miserias en compañía da más vida y más aliento que la mayor dicha en soledad. Y él la mató de soledad; y él  comenzó a morirse de angustia, porque el cadáver que yacía sobre su cama era su compañía y su miseria.

Volvió a sumirse en el fondo blanco de aquella película, inmóvil, y cada vez que recordaba dónde y por qué se encontraba, que aquello no era una cornisa sino una cama, le parecía que despertaba de un sueño. Quizás tenía razón.

¿Existen las cuatro y media de la mañana? Viernes, Oct 23 2009 

Bostezo, mientras mis párpados se levantan pesados como si estuvieran oxidados. Solo les falta chirriar.

Mmm… madre, qué sueño. Menuda torrija llevo. En fin… ¿qué? ¿Dónde estoy?

Oscuridad. Horizontalidad bastante cómoda, silencio. Levito en apenas leve contacto con una superficie mullida. Vale,  mi cama. ¿Qué hora será? Me doy media vuelta para ver la hora en el despertador y son… espera, la mesilla queda al otro lado, esto es la pared. Vuelvo a girar sobre mí mismo y los palitos digitales marcan: cero, cuatro, dos puntos, tres, seis. Estiro mi cuerpo todo lo largo y ancho que me permite el colchón, abro los brazos tirando creo que un desodorante de la mesilla; le doy un puntapié a mi pobre perra  al intentar tocar el infinito con mis pies. Este gemido, mmmmm, ains, casi un quejido, o un lamento por tener que levantarme, es reacción lógica y tradicional al sagrado ritual que es desperezarse. Reposo unos segundos. ¿Dónde están mis gafas? Creo que ayer las dejé en… espera. ¿Pero qué coño? Rebobina. ¿Qué ponía en el reloj?

Ahora el enemigo mortal de los vagos como yo marca estoicamente y con su habitual fulgor rojizo-electrónico las putas cuatro y treinta y siete de la ¿madrugada?, ¿noche?, ¿mañana?; ¿qué mierda de parte del día es esta hora? Como única respuesta los dos puntos colorados del medio continúan su eterno parpadeo, “más con burla que con indiferencia” me hace pensar la sugestión del cabreo y la poca claridad de ideas de estas intempestivas horas, y el reloj cambia a y treinta y ocho. De repente, tengo unas irrefrenables ganas de asesinar a alguien.

Después de comprobar con un rápido e imperceptible movimiento al ojo inexperto que todo sigue en su sitio, y situarlo correcta y aerodinámicamente – un hombre tiene esta preocupación cada mañana, necesita saber que su virilidad no se ha ido volando durante la noche -, me pregunto quién me ha despertado hoy. Chasqueo, masco el aire, me rasco la cabeza. Pensativo. Ya van dos noches seguidas.

Mi almohada no sabe nada, quizás no hable por miedo. Ayer, de hecho, se había fugado cuando desperté también sobre la misma hora. Inexplicablemente la alcancé tras un rato bastante incómodo totalmente horizontal en la cama y el cuello rígido; salía a hurtadillas por la puerta, lo juro, y la agarré de la pechera en el umbral. Quizás huía escandalizada del lugar del crimen. O puede que viera algo terrorífico en mi habitación. Ambas cosas, seguramente. Hasta puede que se rebasara el aforo de mi cuarto y le tocara salir a ella. Entre viejos fantasmas, expectativas, cargos de conciencia, esperanzas, miedos, ilusiones, nervios y  promesas – por cumplir, desde luego – no cabemos en el cuarto. Será un poco de todo. El amor que recorre estos parajes es un monstruo descomunal que camina de puntillas esforzándose por no hacer ruido, por ser sigiloso; pero devasta con calamitosa torpeza todos mis esquemas, desordena la casa, arrasa los propósitos y mis rincones, tira los cuadros a su paso y avanza dándose golpes con los techos y las paredes, me sume en el caos. Y, claro, así no hay quien duerma. Ay, el amor, torpe y descomunal monstruo de pies de barro, estructur a endeble de textura viscosa y aspecto terrorífico que avanza a trompicones. Si te come no podrás escapar*, no podrás huir, porque el amor te engulle, te devora sin piedad; no posees amor, no eliges amor, el amor te rodea, todo lo llena, todo lo convierte hasta que tus alrededores no son otra cosa que amor. El amor te traga según sus antojos y pasas a vivir en el vientre del amor, dentro del amor; prisionero, alimento del amor. Sólo somos carnaza (¡joderhostiaputavida!).

Y así quién va a dormir. Me voy a sacar a la perra.

* Ampliada
Si te come no podrás escapar sino hecho mierda. Por el proceso natural digestivo, por el que también se rige el amor: te come, exprime y extrae lo mejor de ti sin que puedas hacer nada y te expulsa hecho un deshecho, valga la paradoja. Pues eso, hecho mierda.

Esta noche, no Miércoles, Oct 7 2009 

La noche cierne su manto sobre la ciudad mas la luz dorada de las farolas no me permite ver más allá de un profundo y cerrado azul oscuro como techo a nuestras almas. Quizás me marche definitivamente a las montañas a ver las almas naufragar entre miles de faros del mar nocturno, sentado en la mecedora del porche, franqueado por una cerveza bien fría y por la perra mientras las luces se apagan y se encienden los sueños. Debería escribir sobre ello, pero, esta noche, no.

Y es que la vida es tan puta: recojo los retales de lo que un día fui, los enmiendo con esmero y me miro en el espejo. Qué buena percha. Me decido a bailarle a la vida eso de disculpad mi osadía, soy joven y os voy a joder, no me voy a dar por vencido. Pero falla la iluminación, qué puta es la vida, la sala se queda a oscuras y no encuentro quién fui yo; y la que eras tú se desvance entre manos ajenas, la nada y la confusión. Debería escribir sobre ello, pero esta noche… esta noche creo que no.

¿Y qué me dices de esa gente, esos desgraciados que sacan mi yo de puño alzado al exterior para cantarle las cuarenta al mundo? Qué te voy a contar de esos pobres desgraciados que se mueren de hambre, los muy pobres; que los matamos de hambre, a los muy desgraciados. Debería incorporarme en la silla mordiéndome el labio de rabia y ponerme a escribir sobre ello. Debería, pero no será esta noche.

Tengo que escribir algo positivo, optimista, desenfadado, henchido de ganas de vivir, palpitante, frenético, eufórico; no puedo desatender mis pedidos, así que inventaré mil historias de mil amores de final feliz, odas a la amistad y aventuras vitales. Pero lo siento, he de posponerlo, no podrá ser esta noche.

La calle, solitaria, me abre con lujuria un camino y sugiere un destino como excusa; el viento dobla las ramas con delicadeza para que los árboles amenicen la velada de las penas solitarias que arderían al Sol. La Luna brilla con desidia. Es todo tan idílico. Debería escribir un poema. Desde luego, ya habrá tiempo; pero no esta noche.

Esta noche sólo puedo escribir tu nombre.

Hasta aquí hemos llegado Miércoles, Sep 30 2009 

“Hay peores cárceles que las palabras” – La sombra del viento, Carlos Ruiz Zafón.

Lo dudo, amigo. No, no acabo de leerme La sombra del viento, libro entretenido y, según mi opinión, sobrevalorado. Tampoco vengo a hacer una crítica literaria; no tengo el tiempo, ni la seriedad, ni mucho menos un mínimo de conocimientos para elaborar una opinión remotamente útil y consistente sobre una obra.

Lo que ocurre es que la frase me viene de perlas para introducir el tema que quiero tratar esta noche. La libertad, las palabras, las cárceles, el todo, la nada, la subjetividad y la realidad pura. La angustia. Ese nudo en la garganta, ese sentimiento de abatimiento, de congoja, de bloqueo, de rabia. La angustia: querer y no poder. Ni por mucho que quieras, ni por mucho que intentes; no puedes.

¿Angustia por qué? Por las palabras. Esas dichosas cárceles – las peores; sí, amigo Carlos Ruiz -, esos paquetes reducidos, conglomerados y condensados que pretenden, torpemente, representar la realidad. Símbolos, convencionalidades del lenguaje hablado y escrito, creados para comunicarnos: abarcan ampliamente el común parecer de los hombres sobre la realidad a la que representan; dejan al descubierto ingentes cantidades de matices en cada persona. Si cada palabra es una ingente cantidad, lo multiplicamos por el número de personas por el número de palabras por el número de días,… No sé, – con orgullo digo que – soy de Letras. Aun así, estoy seguro de que son miles y miles y miles de millones de cantidades ingentes sentimientos, emociones, ideas, opiniones, visiones, etc. que se pierden en el sumidero  profundo de la mente de las propias personas que los han sentido o pensado; que los han querido transmitir y no han podido. De hecho, seguramente habrán sugerido connotaciones distintas e incluso opuestas a las que quería inculcarles su emisor. Son billones de frustraciones, trillones de quiero y no puedo, porque las palabras son un nudo en la garganta: pasa una mínima parte de la realidad que queremos que llegue a nuestro interlocutor; el resto se queda en la tráquea, oprimiendo nuestro cuello, nuestro ser, provocándonos esa sensación a caballo entre el grito y el vómito.

Apasiona y angustia imaginar, intentar comprender y conceptuar la personalidad de las personas. Inimaginables e incontables factores, como los del efecto Mariposa, son los que modelan al hombre, al alma, el espíritu,… lo que quieras. Desde una sonrisa fugaz de un desconocido, que nos insufla un momentáneo optimismo que ese día concreto, un día cualquiera, se retroalimenta con una jornada feliz y te convierte en una persona alegre (hipotéticamente); hasta la dedicada y concienzuda educación de tus padres, que no sólo es la educación que te inculcan tus padres, sino que es también la que ellos recibieron cada uno por separado, la de sus padres, etc. Ramificaciones, variables que se extienden hasta el infinito y que nunca podremos alcanzar.

Ésta es la cárcel de las palabras, la cárcel más angosta que existe. No podemos meter todo un mundo en una caja de zapatos. Es frustrante. Es increíblemente frustrante. Pero así avanzamos, entendiéndonos a medias, conociéndonos poco, comprendiéndonos nada; relacionándonos gracias a el lenguaje, el mejor invento de la Humanidad. Hablamos y decimos un pequeñísimo porcentaje de lo que queremos decir, de lo sentimos al decir, de lo que sentimos al decírselo a una persona en concreto y no otra. Inciso: por eso es bueno recomendable y necesario hablar bien expresarse con propiedad.

Un invento frustrante, un invento angustioso, terrorífico, este de las palabras. Un atrevimiento, un desatino, el querer meter el mundo en una caja de zapatos. Existen “nada”, “todo”, “libertad”, “realidad”.  Conceptos inabarcables, inconceptuables, indefinibles, inimaginables por la pequeña mente del hombre. Pero las putas palabras no se cortan, no. Por Dios, ¡existe la palabra “amor”! Qué disparate, de verdad. Me cago en Dios (quizás no son las palabras más adecuadas, pero para que me entiendas: visualiza tu yo más iracundo, así me siento yo con el mecagondiós). Lo siento, por blasfemar, pero repito: me cago en Dios. En Dios y en la madre que parió a las palabras.

Mira, odio las palabras, ¿y sabes por qué? Porque nunca podrás saber todo lo que te quise; porque nunca sabrás cuantísimo lo siento.

El origen de la Ofrenda de Flores Lunes, Sep 28 2009 

Ensayo no científico e indocumentado sobre los Florivingios

Si no recuerdo mal, la Ofrenda de Flores a Nuestra Señora Virgen del Pilar se remonta al periodo de ocupación de los Florivingios, bajo el reinado del emperador Benito Floro, alias “El Jardinero”, alias “David Bowie”, alias “El de en medio de Los Chichos”, en el siglo II a. C. (antes de Cuack). En contra de la creencia popular, “Florivingio” no viene de flor, sino que procede del latín “flow”, capacidad de clavar la frase en el beat exacto de la base; y del persa “vingio”, vino; son, por tanto, raíz ancestral de Flowklórikos y precursores de la escena hip-hop zaragozana. Cabe destacar su enemistad con los Floranos de Flitalia, por contener la impúdica palabra “ano” en su nombre. De dicha controversia surgió la tradición de la Ofrenda de Flores. Casualidades de la vida, las flores estaban muy mal conceptuadas por los florivingios. Regalar una flor representaba una de las mayores ofensas realizables ya que se insinuaba que el receptor podría llegar a tener sensibilidad y sentimientos (los sentimientos también estaban muy mal vistos, pues los florivingios eran rudos y machos, sin sentimientos, cosa reservada a los homosexuales).

Tras la batalla del Carrefour, que tuvo lugar en el actual Carrefour de María Zambrano, entre Floranos y Florivingios, los Florivingios raptaron a un hombre de condición sexual no muy clara de entre las filas floranas y se lo llevaron como trofeo tras su victoria. Lo situaron maniatado a un poste en el centro de la plaza del Pilar, entonces conocida como plaza del Spaghetti Western por los múltiples duelos a navaja entre señores con barba y sombrero. A sus pies llevaron cientos y cientos de ramos de flores para ridiculizar al prisionero y menoscabar su dignidad como persona y como macho. Se echó a llorar, todos se rieron mucho, un perro que pasaba por ahí con una camiseta de LOST (sí, la típica de la estación 1 de la Iniciativa Dharma, era un modernillo) dijo “esta es la mejor ofrenda que ha creau Dios”, y, desde entonces, decidieron repetir la misma celebración todos los años. El prisionero murió el tercer año, lo que provocó aún más risas por la naturaleza berraca y socarrona de los Florivingios.

Muchos años después (ya después de Cuack), distintos intereses comerciales cruzados entre Hitler (Adolf, no la espada, pues la espada sería ridículo que tuviera cualidades de persona) que era gran devoto de la Virgen del Pilar y del Rocío; Cocacola (por aquel entonces conocida como Sucursal de Bebidas Pitusa, S. A.); y The Jealous Lovers, que buscaba local de ensayo, provocaron que la historia se edulcorara con buenos propósitos y valores ultracatólicos. Curiosamente, coincidió con la salida a la venta del último trabajo de La Cara B tras el cisma Talavera – Lechowski, quedando como vestigio del eterno cisma florivingio – florano.

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